Tendemos a creer que las cosas cambian si actuamos de manera
distinta, pero no va a pasar nada si se sigue mirando el mundo de la
misma manera.
La revolución pendiente, la que hará que nuestras acciones cambien y
con ellas el mundo en el que las sembramos, es la de los ojos. Mirar
las cosas desde otra perspectiva, ver lo que se esconde detrás, intuir
lo que puede haber más allá de los primeros planos, sentir el bosque que
aguarda tras este árbol que ahora abarca todo mi campo visual o querer
regalar a mis ojos otro horizonte más humano, luminoso y hermoso son
acciones revolucionarias. Simplemente porque cambiar cómo se miran las
cosas nos permite hacer, actuar y vivir de otra manera.
Creo que las revoluciones fracasan cuando los cambios no alcanzan
la mirada, cuando las transformaciones no proceden del corazón o no son
alentadas por el amor.
Una trinchera decisiva se asienta en los ojos: en ellos creamos un
espacio relacional en el que podemos observarnos observando al mundo y
actuando en él y darnos cuenta de que nuestra vida está condenada a ser
más de lo mismo a menos que la mirada cambie.
Son los ojos los que nos hacen cambiar porque todo depende de la calidad de mirada con la que acogemos, recibimos, nos comprometemos y respondemos a lo que tenemos delante.
Ir a caminar por las calles, leer en los rostros humanos, mirar cara a
cara sobre todo a los más pequeños, a los más humildes, a los que más
sufren y dejar que el corazón nos cuente lo que ve. Se trata de permitir
que sea el alma quien se asome al mundo, a través de la ventana de
nuestros ojos, y nos diga cómo situarnos y qué hacer ante aquello que
estamos viendo.
José María Toro.
José María Toro.
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